Nos libramos, por fin, de los disfraces, y la certeza translúcida de nuestras pieles desnudas dejó pronto un rastro de sudor derramado y sábanas revueltas. A pesar de la muda agonía de que éramos presos, no hubo lugar para palabras vacías. Firmamos un pacto inquebrantable y dejamos que hablaran nuestros cuerpos enfebrecidos, los cuales pronto encontraron un idioma que no les era del todo ajeno, y emprendieron un diálogo que se antojó eterno en torno a la noche y al silencio.
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