20 de enero de 2012

Urbis

Las aceras humedecidas adquieren las formas y las costumbres de un animal mitológico herido de muerte.

Las farolas apenas rasgan la niebla, con su desesperado y siseante grito de luz.

Los edificios tiemblan ateridos, a pesar del esfuerzo de sus moradores por mantener sus entrañas a temperatura constante.

Los automóviles resoplan, se retuercen, danzan al son de un blues de asfalto y humo.

Mientras paseo sin rumbo ni prisas, me resigno a no encontrar, hoy tampoco, la salida de este laberinto disforme.

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